La opinión del enólogo
Balbino Lacosta
Enólogo de EnolariaEste vino refleja el ánimo de la bodega en recuperar a través de nuevas elaboraciones las sensaciones de las viejas Garnachas.
Se han rastreado pequeños corros viejos que puedan aportar esa tipicidad resguardada en la memoria episódica de las antiguas generaciones. Destacan aquellos con la orientación y la altitud que permiten maduraciones más frescas y menos sensaciones alcohólicas.
La búsqueda ha conducido al rescate de pequeñas parcelas plantadas a Marco Real (distancia de 2,20 x 2,20 mts. entre las cepas) de Garnacha vieja fina injertada sobre Rupestris, patrón que, en el pasado, hacía el viñedo muy resistente a las condiciones de secano y suelos rocosos (cuarcita, pizarra y areniscas), entre las que se desparraman cepajes sueltos de Miguel de Arcos, Bobal y Moristel, vestigios de su antigüedad.
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En los términos municipales de Atea y Acered, en la Sierra de Santa Cruz, en la Cordillera Ibérica, los suelos de monte y pizarra, trazan bellas colinas rojas a 900 metros, ideales para cultivar la emblemática Garnacha de Aragón.
La brema se realiza manualmente.
Una vez en la bodega, se despalilla el 25% de la uva y el 75% restante se macera con racimos enteros, combinando en frío las tinas de madera con depósitos de cemento durante tres semanas.
La crianza se combina en huevos de cemento (Nomblot), que permiten una evolución más lenta y en barricas de roble francés de 500 litros.
Su disfrute en nariz nos reencuentra con el aroma floral de la rosa canina, protegida del cierzo entre agavanzos, hermosa voz prerromana que nos despierta el recuerdo del escaramujo entre el rumor de los tábanos.
Nuestra Garnacha fina recoge el calor del tórrido verano de la comarca de Bílbilis y lo metamorfosea en la zarzamora de monte.
Desposado con la barrica francesa y recogida en nuestro paladar, nos revela notas de clavo y canela entre cardamomo.
La lengua chasquea y busca, deslindando entre el licor de cereza para encontrar el premio final de la bergamota.
El paso final de boca deja un prolongado eco de glicirricina, el regaliz de palo de nuestra juventud, que nos reafirma en la edad del viñedo.
Tómese entre 15 y 16ª de temperatura, sobre un mantel rojo que lo anima o uno rosa que fortalece su pigmento.
Deben evitarse manteles beige, pajas, amarillos o verdes. Los blancos son correctos.
No es necesario decantarlo.




